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Nota:
pagina
tomada de http://clownplanet.com/larisa_henribergson.htm
HENRI BERGSON
LA RISA ó SOBRE EL SIGNIFICADO DE LO CÓMICO
(Publicado en la Revue de París, el 1º de febrero de
1899)
Traducido al español por Gabriel Bianchini
¿Qué significa la risa? ¿Qué hay en el fondo de lo
risible? ¿Qué puede haber de común entre la mueca de un
payaso, el retruécano de un vodevil y la primoroso
escena de una comedia? ¿Cómo destilaríamos esa esencia
única que comunica a tan diversos productos su olor
indiscreto unas veces y otras su delicado perfume?
Los más grandes pensadores, a partir de Aristóteles, han
estudiado este sutil problema. Todos lo han visto
sustraerse a su esfuerzo. Se desliza y escapa a la
investigación filosófica, o se yergue y la desafía
altaneramente.
Nuestra temeridad al abordarlo también tiene la excusa
de que no aspiramos a encerrar el concepto de lo cómico
en los límites de una definición. Ante todo, como
encontramos en él algo que vive, lo estudiaremos con la
atención que merece la vida, por muy ligera que sea.
Seguiremos su desarrollo, veremos cómo se abren sus
flores, y así, forma tras forma, por insensibles
gradaciones, se sucederán ante nuestros ojos las
metamorfosis más extrañas. Nada de lo que veamos
dejaremos de anotar. Es posible que con este contacto
logremos algo más flexible que una definición teórica:
un conocimiento práctico e íntimo como el que engendra
un largo trato. Y acaso también resultará al final que
habremos hecho, sin saberlo, un conocimiento útil. La
fantasía cómica, razonable a su modo, hasta en los
mayores extravíos, metódica en su misma locura,
quimérica, no lo niego, pero evocando en sus ensueños
visiones que al punto acepta y comprende la sociedad
entera, ¿cómo no habría de ilustrarnos sobre los
procedimientos de la imaginación humana, y más
particularmente sobre la imaginación social, colectiva y
popular? Nacida de la vida y emparentada con el arte,
¿cómo no habría de decirnos también algo sobre el arte y
la vida?
Empezaremos por exponer tres observaciones que
consideraremos fundamentales y que se refieren, más que
a lo cómico mismo, al lugar en que hay que estudiarlo.
I
He aquí el primer punto sobre el cual he de llamar la
atención. Fuera de lo que es propiamente humano, no hay
nada cómico. Un paisaje podrá ser bello, sublime,
insignificante o feo, pero nunca ridículo. Si reímos a
la vista de un animal, será por haber sorprendido en él
una actitud o una expresión humana. Nos reímos de un
sombrero, no porque el fieltro o la paja de que se
componen motiven por sí mismos nuestra risa, sino por la
forma que los hombres le dieron, por el capricho humano
en que se moldeó. No me explico que un hecho tan
importante, dentro de su sencillez, no haya fijado más
la atención de los filósofos. Muchos han definido al
hombre como "un animal que ríe".
Habrían podido definirle también como un animal que hace
reír porque si algún otro animal o cualquier cosa
inanimada produce la risa, es siempre por su semejanza
con el hombre, por la marca impresa por el hombre o por
el uso hecho por el hombre.
He de indicar ahora, como síntoma no menos notable, la
insensibilidad que de ordinario acompaña a la risa.
Dijérase que lo cómico sólo puede producirse cuando
recae en una superficie espiritual lisa y tranquila. Su
medio natural es la indiferencia. No hay mayor enemigo
de la risa que la emoción. No quiero decir que no
podamos reírnos de una persona que, por ejemplo, nos
inspire piedad y hasta afecto; pero en este caso será
preciso que por unos instantes olvidemos ese afecto y
acallemos esa piedad. En una sociedad de inteligencias
puras quizá no se llorase, pero probablemente se reiría,
al paso que entre almas siempre sensibles, concertadas
al unísono, en las que todo acontecimiento produjese una
resonancia sentimental, no se conocería ni comprendería
la risa. Probad por un momento a interesaros por cuanto
se dice y cuanto se hace; obrad mentalmente con los que
practican la acción; sentid con los que sienten; dad, en
fin, a vuestra simpatía su más amplia expansión, y como
al conjuro de la varita mágica, veréis que las cosas más
frívolas se convierten en graves y que todo se reviste
de matices severos. Desimpresionaos ahora, asistid a la
vida como espectador indiferente, y tendréis muchos
dramas trocados en comedia. Basta que cerremos nuestros
oídos a los acordes de la música en un salón de baile,
para que al punto nos parezcan ridículos los danzarines.
¿Cuántos hechos humanos resistirían a esta prueba?
¿Cuántas cosas no veríamos pasar de lo grave a lo cómico
si las aislásemos de la música del sentimiento que las
acompaña? Lo cómico, para producir todo su efecto, exige
como una anestesia momentánea del corazón. Se dirige a
la inteligencia pura.
Pero esta inteligencia ha de estar en contacto con otras
inteligencias. Y he aquí el tercer hecho sobre el cual
deseaba llamar la atención. No saborearíamos lo cómico
si nos sintiésemos aislados. Diríase que la risa
necesita de un eco. Escuchadlo bien: no es un sonido
articulado, neto, definido; es algo que querría
prolongar y repercutir progresivamente; algo que rompe
en un estallido y va retumbando como el trueno en la
montaña. Y sin embargo, esta repercusión no puede llegar
a lo infinito. Camina dentro de un círculo, todo lo
amplio que se quiera, pero no por ello menos cerrado.
Nuestra risa es siempre la risa de un grupo. Quizá os
haya ocurrido en el coche de un tren o en una mesa de
fonda oír a los viajeros referirse historias que debían
tener para ellos un gran sabor cómico, puesto que reían
con toda su alma. Si hubieseis estado en su compañía,
seguramente también habríais reído. Pero como no lo
estabais, no sentíais la menor gana de reír. Un hombre a
quien le preguntaron por qué no lloraba al oír un sermón
que a todo el auditorio movía a llanto, respondió: "No
soy de esa parroquia". Lo que este hombre pensaba de las
lágrimas podría explicarse más exactamente de la risa.
Por muy espontánea que se la crea, siempre oculta un
prejuicio de asociación y hasta de complicidad con otros
rientes efectivos o imaginarios. ¿No se ha dicho muchas
veces que en un teatro es más frecuente la risa del
espectador cuando más llena está la sala? ¿No se ha
hecho notar reiteradamente que muchos efectos cómicos
son intraducibles a otro idioma cuando se refieren a
costumbres y a ideas de una sociedad en particular? Por
no advertir la importancia de este doble hecho, sólo se
ha visto en lo cómico una simple curiosidad para
divertir al espíritu, y en la risa misma un fenómeno
extraño completamente aparte, sin relación alguna con el
resto de la actividad humana. De ahí esas definiciones
que tienden a hacer de lo cómico una relación abstracta,
clasificada entre las ideas de "contraste intelectual",
" sensibilidad de lo absurdo", etc. , definiciones que,
aun cuando realmente conviniesen a todas las formas de
lo cómico, no explicarían en lo más mínimo por qué lo
cómico nos hace reír. ¿A qué se debe que esa relación
tan particularmente lógica nos contraiga no bien
advertida, nos dilate y nos sacuda mientras todas las
otras nos dejan indiferentes? No afrontaremos el
problema por ese lado. Para comprender la risa hay que
reintegrarla a su medio natural, que es la sociedad, hay
que determinar ante todo su función útil, que es una
función social. Ésta será, digámoslo desde ahora, la
idea que ha de presidir a todas nuestras
investigaciones. La risa debe responder a ciertas
exigencias de la vida en común. La risa debe tener una
significación social.
Marquemos ahora con toda claridad el punto en que vienen
a coincidir nuestras tres observaciones preliminares. Lo
cómico habrá de producirse, cuando los hombres que
componen un grupo concentren toda su atención en uno de
sus compañeros, imponiendo silencio a la sentimentalidad
y ejercitando únicamente la inteligencia. ¿Sobre qué
punto particular deberán ahora dirigir su atención? ¿En
qué hay que emplear su inteligencia? Responder a estas
preguntas equivaldrá a atacar más de cerca el problema.
Pero antes son indispensables algunos ejemplos.
II
Un hombre que va corriendo por la calle, tropieza y cae;
los transeúntes ríen. No se reirían de él, a mi juicio,
si pudiesen suponer que le había dado la humorada de
sentarse en el suelo. Se ríen porque se ha sentado
contra su voluntad. No es, pues, su brusco cambio de
actitud lo que hace reír, sino lo que hay de
involuntario en ese cambio, su torpeza. Acaso había una
piedra en el camino. Hubiera sido preciso cambiar el
paso o esquivar el tropiezo. Pero por falta de agilidad,
por distracción o por obstinación del cuerpo, por un
efecto de rigidez o de velocidad adquirida, han seguido
los músculos ejecutando el mismo movimiento cuando las
circunstancias exigían otro distinto. He ahí por qué ha
caído el hombre y por qué ríen los transeúntes.
Fijémonos ahora en una persona que ejecuta sus
quehaceres con regularidad matemática. Un chusco ha
mixtificado los objetos que la rodean. Moja la pluma en
el tintero y la saca llena de barro; cree sentarse en
una silla sólida y cae rodando al suelo; procede, en
suma, al revés, funciona en el vacío, siempre por un
efecto de velocidad adquirida. La costumbre le había
comunicado un impulso y hubiera sido preciso detener el
movimiento o desviarlo en otra dirección. Pero no se ha
hecho así, y aquél ha continuado en línea recta. La
víctima de una broma de taller se halla, pues, en una
situación análoga a la del que va corriendo y cae. Y es
cómica por la misma razón que lo es también la otra. Lo
que hay en ambos casos de ridículo, es cierta rigidez
mecánica que se observa allí donde hubiéramos querido
ver la agilidad despierta y la flexibilidad viva de un
ser humano. Sólo hay una diferencia entre ambos casos, y
es que el primero se ha producido por sí mismo, mientras
que el segundo ha sido objeto de una preparación
artificial. En el primer caso, el transeúnte no pasaba
de ser un mero observador, mientras que el chusco del
segundo realizaba un verdadero experimento.
Pero tanto en un caso como en otro, ha sido una
circunstancia exterior la que ha determinado el efecto.
Lo cómico es, pues, accidental, y queda, por decirlo
así, en la superficie del individuo. ¿Qué hará falta
para que pase al interior? Será menester que la rigidez
mecánica no necesite ya, para manifestarse, de un
obstáculo colocado ante ella por el azar de las
circunstancias o por la malicia de los hombres. Menester
será que saque de su propio fondo, mediante una
operación natural, la ocasión constantemente renovada de
manifestarse al exterior. Imaginémonos, pues, un
espíritu que ande siempre pensando en lo que hizo con
anterioridad y nunca en lo que está haciendo, semejante
a una melodía que se retardase en su acompañamiento.
Figurémonos una cierta elasticidad de los sentidos y de
la inteligencia, por virtud de la cual se continúe
viviendo lo que ya pasó, oyendo lo que ya no suena,
diciendo lo que ya perdió toda oportunidad; que el
individuo se adapte, en fin, a una situación pasada e
imaginaria, cuando debería conformar su actitud a la
realidad presente. Lo cómico tendrá entonces su asiento
en la persona misma, y ésta es la que se lo facilitará
todo, materia y forma, causa y ocasión.
¿Qué de extraño tiene que el distraído (tal es el
personaje que acabamos de describir) haya tentado
generalmente el humor de los autores cómicos? Cuando Le
Bruyère encontró en su camino este carácter, comprendió
al analizarlo que había hallado una fórmula para
fabricar al por mayor efectos divertidos y regocijantes.
Fórmula de la cual abusa haciendo de Menalco la más
larga y minuciosa descripción que darse puede, volviendo
sobre el tema e insistiendo hasta caer en una pesadez
excesiva. La facilidad del asunto seducía al gran
escritor. Y es que la distracción, en efecto, si no nos
lleva a la fuente misma de lo cómico, nos pone en una
cierta corriente de hechos y de ideas que vienen en
línea recta de esa fuente; nos coloca sobre una de las
grandes pendientes naturales de la risa.
Pero el efecto de la distracción es susceptible de
recibir aún mayor fuerza. Hay una ley general, de la que
acabamos de hacer una primera aplicación y que puede
formularse diciendo: cuando de cierta causa se deriva
cierto efecto cómico, éste nos parece tanto más cómico
cuanto más natural juzgamos la causa que lo determina.
La mera distracción, como un simple hecho, ya nos mueve
a la risa. Pero más ridícula nos parecerá esa
distracción si la hemos visto nacer y desarrollarse ante
nosotros, si conocemos su origen y podemos reconstruir
su historia. Supongamos, para poner un ejemplo concreto,
que un individuo sea dado a la lectura de novelas de
amor o de caballería, y que atraído y fascinado por sus
héroes venga lentamente, de día en día, concentrando en
ellos su pensamiento y su voluntad. Vedle cómo acaba por
circular entre nosotros como un sonámbulo. Sus acciones
son distracciones, sólo que estas distracciones son
imputables a una causa conocida y real. No son ya pura y
simplemente ausencias, sino que se explican por la
presencia del individuo en un ambiente perfectamente
definido, aunque imaginario. No hay duda que una caída
es siempre una caída; pero una cosa es caerse en un pozo
por torpe distracción, y otra cosa es caerse por ir
mirando a una estrella. Y una estrella es lo que
contemplaba Don Quijote. ¡Qué profundidad de fuerza
cómica de lo novelesco, unido a un espíritu soñador! Y
sin embargo, al restablecer la idea de distracción que
debe servir de intermediaria, vemos cómo este carácter
cómico profundísimo se enlaza con lo cómico más
superficial. Sí; estos espíritus soñadores, estos
exaltados, estos locos tan extrañamente razonables, nos
hacen reír hiriendo en nosotros las mismas cuerdas,
poniendo en juego el mismo mecanismo interior que la
víctima de una novatada o el transeúnte que resbala en
la calle. También ellos son andarines que caen, ingenuos
a los que se les burla, corredores que van tras un ideal
y tropiezan contra las realidades, cándidos soñadores a
quienes acecha maligna la vida. Pero son ante todo unos
grandes distraídos que llevan sobre los otros la
superioridad de su distracción sistemática, organizada
en torno de una idea central, y de que sus malandanzas
se hallan enlazadas por la misma inexorable lógica que
la realidad aplica a corregir los sueños, engendrando
así a su alrededor, por efectos capaces de sumarse unos
a otros, una risa que va agrandándose indefinidamente.
Avancemos ahora un paso más. Lo que la rigidez de la
idea fija es al espíritu, ¿no lo serán ciertos vicios al
carácter? Repliegue nefando de la naturaleza y
contracción de la voluntad, el vicio suele asemejarse a
una corcova del alma. Hay sin duda vicios en los que el
alma se hunde profundamente, con toda su fuerza de
potencialidad fecunda, llevándolos más intensos,
vivificados, a un círculo de eternas transfiguraciones.
Ésos son los vicios trágicos. Pero el vicio que nos
convierte en personajes cómicos es aquel que nos viene
de fuera como un marco ya hecho al que hemos de
ajustarnos, aquel que nos impone su rigidez en lugar de
amoldarse a nuestra flexibilidad. No somos nosotros
quienes le complicamos, sino él, por el contrario, el
que nos reduce. En esto precisamente me parece que
consiste - como trataré de demostrarlo en la segunda
parte de este estudio - la diferencia esencial entre la
comedia y el drama. Un drama, aun cuando nos pinte
pasiones o vicios que tienen su nombre propio, los
incorpora con tal arte a las personas, que aquellos
nombres se olvidan, se borran sus caracteres generales y
ya no pensamos para nada en ellos, sino en la persona
que los asume. He aquí por qué el título de un drama
sólo puede serlo un nombre propio. Son muchas, por el
contrario, las comedias que llevan por título un nombre
genérico: El avaro, El jugador, etc. Si hubieseis de
imaginaros una obra que pudiese llamarse, por ejemplo,
El celoso, seguramente os acordaríais de Sganarelle o de
Jorge Dandin, pero ni un instante pensaríais en Otelo.
El celoso no puede servir de título más que a una
comedia. Es que el vicio cómico, por íntimamente que se
una a las personas, siempre conserva su existencia
independiente y simple y siempre es el personaje
central, presente a la par que invisible, del que
dependen todos los demás personajes de carne y hueso que
se agitan en escena. A veces se divierte en arrastrarles
y hacerles rodar con él a lo largo de una pendiente. Lo
más general es, sin embargo, que les haga vibrar como un
instrumento o les maneje como fantoches. Bien mirado, el
arte del poeta cómico consiste en darnos a conocer
completamente ese vicio, procurándonos hasta tal punto
su intimidad que acabemos por apoderarnos de algunos de
los hilos de los fantoches cuyo manejo tanto le
divierte, y entonces nosotros los podremos manejar
también a nuestro antojo, y de ahí una parte del placer
que experimentamos. Así, pues, también es aquí una
especie de automatismo muy cercano a la simple
distracción. Para convencerse de ello, bastará observar
que generalmente un personaje cómico lo es en la medida
exacta en que se desconoce a sí propio. Lo cómico es
inconsciente. Como si usase al revés el anillo de Giges,
se hace invisible para sí mismo, volviéndose visible
para todo el mundo. Un personaje de tragedia no cambiará
en nada su conducta porque llegue a tener noticia del
juicio que nos merece. Podrá ocurrir que persevere en
ella, aun con plena conciencia de lo que es, aun con el
sentimiento clarísimo del horror que nos inspira. Pero
un hombre ridículo, desde el instante en que advierte su
ridiculez, trata de modificarse, al menos en lo externo.
Si Harpagón viese que nos reíamos de su avaricia, no
digo que se corrigiera, pero sí que procuraría
encubrirla o al menos darle otro cariz. Digámoslo desde
ahora: sólo en este sentido se puede afirmar que la risa
castiga las costumbres, haciendo que nos esforcemos por
parecer lo que debiéramos ser, lo que indudablemente
llegaremos a ser algún día.
Por el momento, no quiero llevar más lejos este
análisis. Del que va corriendo y se cae hasta el ingenuo
burlado, de la mixtificación a la distracción, de la
distracción a la exaltación, dela exaltación a las
diversas deformaciones de la voluntad y del carácter,
hemos ido siguiendo el avance mediante el cual lo cómico
se adentra cada vez más profundamente en la persona,
pero sin dejar de recordarnos en sus más sutiles
manifestaciones algo de lo que ya advertíamos en sus
formas iniciales: un efecto de automatismo y de rigidez.
Esto nos permite formarnos una primera idea, aunque
tomada de muy lejos, vaga y confusa todavía, del aspecto
ridículo de la persona humana y de la función ordinaria
de la risa.
La vida y la sociedad exigen de cada uno de nosotros una
atención constantemente despierta, que sepa distinguir
los límites de la situación actual, y también cierta
elasticidad del cuerpo y del espíritu que nos capacite
para adaptarnos a esa situación. Tensión y elasticidad,
he ahí dos fuerzas complementarias que hacen actuar la
vida. ¿Llegan a faltarle en gran medida al cuerpo?
Entonces surgen los accidentes de toda índole, los
achaques, la enfermedad. ¿Es el espíritu el que carece
de ellas? Entonces sobrevendrán todos los grados de la
pobreza psicológica, todas las variedades de la locura.
¿Es el carácter el que está falto de ellas? Pues
entonces seguirán las profundas inadaptaciones a la vida
social, fuentes de miseria, y a veces ocasiones de actos
criminosos. Una vez descartadas estas inferioridades que
afectan intensamente a la existencia ( y tienden a
eliminarse en los que se llama la lucha por la vida), el
individuo puede vivir y hacer vida en común con sus
semejantes. Pero la sociedad exige más. No le basta
vivir; aspira a vivir bien. Lo temible para ella es que
cada uno de nosotros se limite a atender a lo que
constituye lo esencial de la vida, y se abandone para
todo lo demás al fácil automatismo de las costumbres
adquiridas. Y debe temer asimismo que los miembros
sociales, en ves de tender a un equilibrio de voluntades
enlazadas en un engranaje cada vez más exacto, se
contenten con respetar las condiciones fundamentales de
este equilibrio. No le basta el acuerdo singular de las
personas, sino que desearía un esfuerzo constante de
adaptación recíproca. Toda rigidez del carácter, toda
rigidez del espíritu y aun del cuerpo sería, pues,
sospechosa para la sociedad, porque puede ser indicio de
una actividad que se adormece y de una actividad que se
aísla, apartándose del centro común, en torno del cual
gravita la sociedad entera. Y sin embargo, la sociedad
no puede reprimirla con una represión material, ya que
no es objeto de una material agresión. Encuéntrase
frente a algo que la inquieta, pero sólo a título de
síntoma, apenas una amenaza, todo lo más un gesto. Y
este gesto responde con otro. La risa debe ser algo así
como una especie de gesto social. El temor que inspira
reprime las excentricidades, tiene en constante alerta y
en contacto recíproco ciertas actividades de orden
accesorio que correrían el riesgo de aislarse y
adormirse, da flexibilidad a cuanto pudiera quedar de
rigidez mecánica en la superficie del cuerpo social. La
risa no nace, por lo tanto, de la estética pura, toda
vez que persigue (de modo inconsciente y aun moral en
muchos casos particulares) un fin útil de
perfeccionamiento general. Sin embargo, lo cómico tiene
algo de estético, pues aparece en el preciso instante
ñeque la sociedad y la persona, libres ya del cuidado de
su conservación, empiezan a tratarse a sí mismas como
obras de arte. En una palabra, si trazamos un círculo en
derredor de las acciones y acuerdos que atañen a la vida
individual o social y que en sí mismas llevan el castigo
encarnándolo en sus consecuencias naturales, veremos
cómo fuera de este terreno de lucha y de emoción, en una
zona neutral en que el hombre se da simplemente en
espectáculo a sus semejantes, queda una cierta rigidez
del cuerpo, del espíritu y del carácter, rigidez que la
sociedad quisiera eliminar a fin de que sus miembros
tuviesen la mayor elasticidad y la más alta sociabilidad
posibles. Esta rigidez constituye lo cómico y la risa su
castigo.
Guardémonos, no obstante, de tomar esta fórmula por una
definición de lo cómico. Dicha fórmula sólo conviene a
casos elementales, teóricos, perfectos, en los cuales
presenta lo cómico puro, libre de toda mezcla. Tampoco
la damos como explicación. Sólo haremos de ella el leit-motiv
que ha de acompañar todas nuestras explicaciones. Será
menester no perderla de vista, pero sin insistir
demasiado en ella, a la manera como el buen esgrimidor
debe pensar en los movimientos discontinuos de la
lección, mientras su cuerpo abandona la continuidad del
asalto. Esta continuidad de las formas cómicas es la que
vamos a tratar de restablecer, anudando el hilo que va
desde las astracanadas del clown a los juegos más
refinados de la comedia, siguiéndole en sus giros, con
frecuencia inesperados, deteniéndonos de cuando en
cuando para mirar a nuestro alrededor, volviendo a
remontarnos, si es posible, al punto donde parte ese
hilo y desde el cual acaso vislumbremos - ya que lo
cómico oscila entre la vida y el arte - la relación
general entre el arte y la vida.
III
Comencemos por lo más sencillo. ¿Qué es una fisonomía
cómica? ¿ De dónde deriva la expresión ridícula del
semblante? ¿En qué consiste la diferencia entre lo
cómico y lo feo? Así planteada la cuestión, por fuerza
han de ser arbitrarias cuantas soluciones le han querido
dar. Por sencilla que parezca es, sin embargo, demasiado
sutil para que se le pueda acometer de frente. Habría
que empezar por definir la fealdad y averiguar después
qué recibió de lo cómico; pero la fealdad no es más
fácil de analizar que la belleza. Apelaremos, pues, a un
artificio que habrá de sernos útil en muchas ocasiones.
Vamos a condensar el problema, agrandando el efecto para
hacer más visible la causa. Agravemos la fealdad,
llevémosla hasta la deformidad y veamos cómo se pasa de
lo deforme a lo ridículo.
Es incontestable que ciertas deformidades tienen sobre
las demás el triste privilegio de inspirar risa a
algunas personas. Así es como pueden mover a risa, por
ejemplo, ciertos jorobados. No entraré aquí en detalles
inútiles. Sólo pediré al lector que después de pasar
revista a las diversas deformidades las clasifique en
dos grupos, poniendo en uno las que tiran al ridículo
por naturaleza y en otro las que se apartan de él en
absoluto. Creo que no ha de costarle gran trabajo hallar
la ley siguiente: Toda deformidad susceptible de
imitación por parte de una persona bien conformada puede
llegar a ser cómica.
¿No resulta de ahí que el jorobado hace el efecto de un
hombre que no sabe tenerse bien? Diríase que su espalda
contrajo un pliegue defectuoso, y que por obstinación
material, por rigidez, persiste en la costumbre
adquirida. Tratad de ver únicamente con los ojos. No
reflexionéis, y sobre todo absteneos de razonar.
Suprimid lo adquirido: marchad en busca de la impresión
ingenua, inmediata y original. Seguramente obtendréis
una visión de este género, creyendo tener ante vosotros
un hombre que quiso anquilosarse, en cierta actitud,
imprimir una mueca a su cuerpo, si se permite esta
expresión.
Volvamos ahora al punto que queremos esclarecer.
Atenuando la deformidad ridícula, debe resultar la
fealdad cómica. Así, pues, una expresión ridícula del
rostro será aquella que nos haga pensar en algo de
rígido y de cuajado, en la movilidad ordinaria de la
fisonomía. Una mueca ya arraigada, un mohín fijo, he ahí
lo que veremos. Podrá objetársenos que toda expresión
habitual del semblante, por graciosa y bella que sea,
nos produce la impresión de una arruga marcada para
siempre. Pero hay que hacer aquí una distinción
importante. Cuando hablamos de belleza y hasta fealdad
expresivas, cuando decimos que una cara tiene expresión,
se trata siempre de una expresión, acaso estable, pero
que nosotros suponemos de movilidad. Esa expresión, con
toda su fijeza, conserva cierta vaguedad en la que se
dibujan confusamente todos los matices posibles del
estado de alma por ella expresado, al modo como en
ciertas mañanas vaporosas de primavera se aspiran ya las
cálidas promesas del día. Pero expresión cómica del
semblante es la que no promete más de lo que da. Es una
mueca única y definitiva. Diríase que cristalizó en ella
toda la vida moral de la persona. Y he aquí por qué una
cara es tanto más cómica cuanto con mayor fuerza nos
sugiere la idea de alguna acción sencilla, mecánica, que
hubiera absorbido para siempre la personalidad. Hay
caras que parecen ocupadas en llorar sin descanso, otras
en reír o silbar, otras también en soplar eternamente en
una trompeta imaginaria. Éstos son los semblantes más
cómicos. Y también aquí se cumple la ley de que el
efecto es más cómico cuanto más naturalmente podamos
explicarnos la causa. Automatismo, rigidez, arruga
adquirida y conservada, he ahí por dónde nos hace reír
una fisonomía. Pero este efecto gana en intensidad
cuanto más podamos atribuir estos caracteres a una causa
profunda, a cierta distracción fundamental de la
persona, como si el alma se hubiera dejado fascinar,
hipnotizada por la materialidad de una simple acción.
Entonces comprenderemos lo cómico de la caricatura. Por
regular que sea una fisonomía, por armoniosas que
supongamos sus líneas y por flexibles que nos parezcan
sus movimientos, nunca se encuentra en perfecto
equilibrio. Siempre podremos descubrir en ella la
indicación de una arruga que se apunta, el esbozo de una
mueca posible, una deformación, en fin, por la que
parece torcerse la naturaleza. El arte del caricaturista
consiste en coger este movimiento, imperceptible a
veces, y agrandándolo hacerlo visible a todos los ojos.
El caricaturista imprime a sus modelos las muecas que
ellos mismos harían si llegasen hasta el final de ese
mohín imperceptible; adivina bajo las armonías
superficiales de la forma las profundas revueltas de la
materia; realiza desproporciones y deformaciones que han
debido existir en la Naturaleza en el estado de
veleidad, pero que no han podido llegar a consolidarse,
contenidas por una fuerza superior. Su arte, que tiene
algo de diabólico, viene a levantar al demonio que el
ángel había postrado en tierra. Es indudablemente un
arte que exagera, y sin embargo se le define mal cuando
se le atribuye como objeto único esa exageración, pues
hay caricaturas más parecidas que retratos, caricaturas
en que apenas se advierte exageración alguna, y en
sentido inverso se puede forzar la exageración hasta el
último extremo sin que resulte la caricatura. Para que
la exageración sea cómica, es menester que no se la tome
como objeto, sino como simple medio que emplea el
dibujante para presentar a nuestros ojos las
contorsiones que ve en la Naturaleza. Esta contorsión es
lo único que importa. Por eso se la va a buscar hasta en
aquellos elementos de la fisonomía incapaces de
movimiento; en la curva de una nariz, en la forma de una
oreja. Porque toda forma es siempre para nosotros el
dibujo de un movimiento. El caricaturista que altera la
dimensión de una nariz, pero que respetando su fórmula,
la alarga, por ejemplo, en el mismo sentido en que la
alargase la Naturaleza, imprime a esta nariz una
verdadera mueca, y en adelante nos parecerá que el mismo
original pretende alargarse y hacer ese gesto. En este
sentido es como se podría afirmar que la misma
naturaleza es un hábil caricaturista. Parece que el
impulso con que ha hendido tal boca o hinchado tal
mejilla, ha logrado cristalizar toda aquella mueca,
burlando la vigilancia moderadora de una fuerza más
racional. Y entonces nos mueve a risa una cara que
parece llevar en sí misma su propia caricatura. En
resumen: sea cualquiera la doctrina que prefiera nuestro
raciocinio, nuestra imaginación tiene ya su filosofía
bien definida. En toda forma humana advertirá el
esfuerzo de un alma que modela la materia, alma
infinitamente flexible, de movilidad constante, exenta
de pesadez por no estar sometida a la atracción terrena.
Esta alma comunica algo de su ligereza alada al cuerpo
que anima, le infunde su inmaterialidad, que al pasar a
la materia constituye lo que llamamos gracia. Pero la
materia se resiste obstinadamente. Atrae a la actividad
de ese principio superior, y le querría infundir su
propia inercia y reducirlo a un puro automatismo.
Querría fijar los movimientos inteligentes corporales
transformándolos en contracciones estúpidas; solidificar
en una perpetua mueca las movibles expresiones de la
fisonomía; imprimir, en suma, a toda la persona tal
actitud, que pareciese sumida y absorta en la
materialidad de alguna ocupación mecánica en vez de
renovarse sin descanso al contacto de un ideal lleno de
vida. Allí donde la materia logra condensar
exteriormente la vida del alma, fijar su movimiento,
desterrar, en fin, la gracia, obtiene enseguida un
efecto cómico. Si quisiéramos, pues, definir aquí lo
cómico comparándolo con su contraste, habría que
oponerlo a la gracia mejor aún que a la belleza. Lo
cómico es más bien rigidez que fealdad.
IV
Vamos a pasar ahora de lo cómico de las formas a lo
cómico de los gestos y de los movimientos. Empezaré a
enunciar la ley que en mi concepto preside a todos estos
fenómenos y que puede deducirse sin trabajo de las
consideraciones que anteceden.
"Las actitudes, gestos y movimientos del cuerpo humano
son risibles en la exacta medida en que este cuerpo nos
hace pensar en un simple mecanismo."
No seguiré esta ley en el detalle de sus aplicaciones
inmediatas, pues no acabaríamos nunca su recuento. Para
comprobarla directamente, bastará estudiar de cerca las
obras de los dibujantes festivos, descartando toda la
parte caricaturesca, de la que ya hemos dado una
explicación especial, y prescindiendo también de la
parte cómica que no sea inherente al dibujo mismo.
Porque no hay que hacerse ilusiones: lo cómico del
dibujo suele ser un cómico prestado, obtenido a expensas
de la literatura. Quiero decir que el dibujante puede
ser al mismo tiempo un autor satírico y hasta un
vodevilista, en cuyo caso no nos reímos tanto de los
dibujos mismos cuanto de la sátira o de la escena de
comedia que en ellos vemos representada. Pero si nos
fijamos en el dibujo con la firme voluntad de no atender
a otra cosa, veremos, creo yo, que este dibujo es
siempre cómico en proporción a la claridad y también a
la discreción con que nos hace ver en un hombre un
fantoche articulado. Es menester que esta sugestión sea
bien clara, que percibamos sin ambigüedad, como al
trasluz, un mecanismo desmontable en el interior de la
persona. Pero es menester igualmente que esa sugestión
sea discreta, y que el conjunto de la persona, no
obstante tener cada uno de sus miembros la rigidez de
una pieza mecánica, continúe dándonos la impresión de un
ser vivo. El efecto cómico es tanto más intenso, el arte
del dibujante será tanto más consumado, cuanto más
exactamente encajadas vayan estas dos imágenes, la de
una persona y la de una máquina. Y podría definirse la
originalidad del dibujante cómico por el género
particular de vida que sabe infundir en un simple
muñeco.
Pero dejando a un lado las aplicaciones inmediatas del
principio, sólo insistiré aquí en sus consecuencias más
remotas. La visión de una máquina funcionando en el
interior de una persona llega a nosotros a través de una
multitud de regocijados efectos; pero suele ser con todo
una fugitiva visión que se pierde instantáneamente en la
misma risa que provoca. Para fijarla, es menester un
esfuerzo de reflexión y de análisis.
Ved, por ejemplo, en un orador el gesto que rivaliza con
la palabra. El gesto, celoso de la palabra, corre
continuamente detrás del pensamiento y solicita servirle
también de intérprete. Accedemos a ello, pero
obligámosle entonces a seguir en todos sus detalles las
evoluciones del pensamiento. La idea es algo que crece,
rebota, florece y madura, del principio hasta el fin del
discurso. Nunca se detiene, nunca se repite. Es preciso
que cambie a cada momento, porque dejar de transformarse
es dejar de vivir. El gesto ha de animarse con ella. Ha
de aceptar la ley fundamental de la vida, la de no
repetirse nunca. Pero he aquí que un cierto movimiento
del brazo o la cabeza se repite periódicamente siempre
igual. Si lo observo, si basta para distraerme, si lo
aguardo en cierto momento y llega cuando lo espero,
tendré que reírme contra mi voluntad. ¿Por qué? Porque
estoy en presencia de un mecanismo que funciona
automáticamente. No es ya la vida la que tengo adelante,
es el automatismo instalado en la vida y probando a
imitarla. Es lo cómico.
He ahí por qué los gestos, que de otro modo no nos hacen
reír, llegan a ser ridículos cuando otra persona los
imita. Se han dado explicaciones muy complejas de este
acto tan sencillo. A poco que en ello meditásemos,
veríamos que de un momento a otro cambian nuestros
estados del alma y que si nuestros gestos siguiesen
fielmente nuestros movimientos interiores, si viviesen
como vivimos, no se repetirían jamás y desafiarían con
ello a toda imitación. Pero empezamos a ser susceptibles
de imitación allí donde dejamos de ser nosotros mismos.
Quiero decir que no se pueden imitar nuestros gestos
sino en lo que tienen de mecánico y uniforme, y por lo
tanto, de extraño a nuestra personalidad viviente.
Imitar a alguno es extraer la parte de automatismo que
ha dejado introducirse en su persona. Es, pues, hasta
por definición, hacerle cómico y no debe admirarnos que
la imitación haga reír.
Pero si la imitación de los gestos ya es ridícula de por
sí, lo es más cuando sin deformarlos se ingenia en
desviarlos en el sentido de alguna operación mecánica,
por ejemplo, la de aserrar madera, golpear el yunque o
tirar desaforadamente del cordón de una campanilla
imaginaria. No es cómico (aunque a ella contribuya). Es
más bien que el gesto sorprendido parece más francamente
maquinal cuando se le puede relacionar con una operación
simple, como si tuviese una finalidad mecánica. Sugerir
esta interpretación mecánica debe ser uno de los
procedimientos favoritos de la parodia. Acabo de
deducirlo a priori, pero juzgo que los pícaros tenían la
intuición de esto hace ya mucho tiempo.
Creo que de este modo podría resolverse el enigma
propuesto por Pascal en un pasaje de sus Pensamientos:
"Dos caras, ninguna de las cuales hace reír por sí sola,
juntas mueven a risa por su parecido". Asimismo se
podría decir: "Los gestos de un orador, que de por sí no
son ridículos, inspiran risa por su repetición". Es que
la vida no debería nunca repetirse en toda plenitud
circunstanciada. Dondequiera que hay repetición,
dondequiera que hay semejanza completa, vislumbramos
enseguida lo mecánico funcionado tras lo vivo. Analizad
vuestras impresiones frente a dos caras demasiado
parecidas. Seguro que pensáis que dos copias sacadas de
un mismo sello o en dos reproducciones del mismo cliché,
en suma, en un procedimiento industrial. Tal desviación
de la vida en el sentido de la mecánica es en este caso
la verdadera causa de la risa.
Y la risa será aún mayor si nos presentan en escena, no
ya dos personajes, como en el ejemplo de Pascal, sino
varios, en el mayor número posible, todos idénticos
entre sí, y que van, vienen, danzan, se mueven al
unísono, tomando a un mismo tiempo las mismas actitudes,
gesticulando de la misma manera. Entonces ya pensamos de
un modo claro y concreto en los fantoches. Nos parece
que hilillos invisibles unen entre sí los brazos, las
piernas y hasta los músculos de la cara de esas figuras;
y la inflexibilidad de esa correlación hace que hasta la
blandura de las formas se solidifique también a nuestros
ojos y todo se endurezca hasta afectar la rigidez de un
mecanismo. Éste es, en mi concepto, el artificio de esa
diversión algo tosca. Ignoro si los que la ejecutan
habrán leído a Pascal, pero es indudable que no hacen
otra cosa sino llegar al límite de una idea que nos
sugiere el texto de Pascal. Y si en este segundo caso la
causa de la risa es, indudablemente, la visión de un
efecto mecánico, también tenía que serlo en el primero,
aunque por modo más sutil.
Siguiendo ahora este camino, advertimos confusamente
unas consecuencias cada vez más remotas, pero cada vez
más importantes, de aquella ley que hemos enunciado.
Presentimos aun más fugaces visiones de efectos
mecánicos, visiones sugeridas por las acciones de
efectos mecánicos, visiones sugeridas por las acciones
complejas del hombre, no ya por simples gestos.
Adivinamos que los artificios usuales de la comedia, la
repetición periódica de una palabra o de una escena, la
inversión simétrica de los papeles, el desarrollo
geométrico de los equívocos y muchos otros recursos,
pueden sacar su fuerza cómica de la misma fuente, y que
acaso el arte del vodevilista estribe en presentarnos
acontecimientos humanos, conservándoles no obstante el
aspecto externo de la verosimilitud, es decir, la
flexibilidad aparente de la vida. Pero no nos
adelantemos a exponer resultados que irán
desprendiéndose metódicamente a medida que vayamos
avanzando en nuestro análisis.
V
Antes de seguir más adelante descansemos un momento y
volvamos la vista a nuestro alrededor. Ya lo
insinuábamos al comienzo de este trabajo: sería
quimérico querer deducir todos los efectos cómicos de
una sola y sencilla fórmula. Esta fórmula existe, en
cierto sentido; pero no se desenvuelve de un modo
regular. Quiero decir que la deducción debe detenerse de
cuando en cuando en algunos efectos salientes, que
aparecen como modelos, a cuyo alrededor se disponen, en
círculo, otros efectos nuevos que se le asemejan. Estos
últimos no se derivan ya de la fórmula, pero sin
embargo, son cómicos, por su afinidad con los que de
ella se deducen. Volviendo a Pascal, definiré la marcha
del espíritu valiéndome de la curva que este geómetra
estudió bajo el nombre de roulette, la curva que
describe un punto de la circunferencia de la rueda de un
coche cuando éste avanza en línea recta, punto que gira
como la rueda, por más que avance como el coche. Y si
no, imaginemos una inmensa avenida como las que se
encuentran en el bosque de Fontainebleu, con
encrucijadas que se marcan hasta lo lejos por una serie
de jalones; recorreremos cada una de esas encrucijadas,
daremos una vuelta alrededor, exploraremos las sendas
que de allí parten y volveremos a tomar la dirección
primera. Ya estamos en una de esas encrucijadas. De lo
mecánico calcado sobre lo vivo, dice su letrero, y
debemos detenernos en ella por ser una imagen central
desde donde la imaginación irradia en direcciones
divergentes. ¿Cuáles son estas direcciones? Creo
distinguir tres principales. Vamos a seguirlas una
después de otra para reanudar luego nuestro camino en
línea recta.
I.- En un principio, esta visión de lo mecánico y lo
vivo, mutuamente englobados, nos hace evolucionar en
sentido oblicuo hacia otra imagen más vaga, la de una
rigidez cualquiera aplicada a la movilidad de la vida,
una rigidez que probase torpemente a seguir sus líneas e
imitar su flexibilidad. Entonces vislumbramos cuán
fácilmente puede resultar ridícula una indumentaria.
Podríamos decir que toda moda es ridícula bajo algún
aspecto. Sólo que, cuando se trata de la moda actual,
nos acostumbramos a ella hasta tal punto, que nos parece
que el traje forma parte del cuerpo. Nuestra imaginación
no distingue entre ambos. No se nos ocurre oponer la
rigidez inerte de la envoltura a la flexibilidad viva
del objeto envuelto. Lo cómico permanece, pues, aquí en
estado latente. Apenas si logrará apuntar al exterior
cuando la incompatibilidad entre la envoltura y el
objeto envuelto sea tan profunda, que no pueda
consolidarse su unión ni por un secular contacto: tal
ocurre, por ejemplo, con nuestro sombrero. Pero suponed
que un excéntrico se vista con arreglo a una moda ya
anticuada: nuestra atención recaerá entonces sobre el
traje, haremos una distinción absoluta entre él y la
persona, diremos que la persona se disfraza (como si
toda vestidura no fuese un disfraz), y el lado ridículo
de la moda que hasta entonces permaneció en la sombra se
nos mostrará a plena luz.
Comenzamos ya a vislumbrar algunas de las enormes
dificultades de detalle que suscita el problema de lo
cómico. Una de las razones porque se han emitido tantas
teorías erróneas o deficientes de la risa, es que muchas
cosas son cómicas de derecho sin serlo, no obstante, de
hecho, por haberse amortiguado su virtud cómica en
fuerza del uso. Es menester que se produzca una brusca
solución de continuidad, una ruptura con la moda para
que se reanime esa virtud. Entonces creemos que esta
solución de continuidad es la que engendra lo cómico,
cuando en realidad se limita a ponérnoslo de relieve. Se
explica la risa por la sorpresa, el contraste, etc. ,
definiciones que convendrían también a una multitud de
casos en que no sentimos la menor gana de reír. La
verdad dista mucho de ser tan sencilla.
Pero he aquí que hemos llegado a la idea de disfraz. Ya
hemos demostrado que tiene por delegación la facultad de
hacer reír. No será inútil que averigüemos cómo usa de
esta facultad.
¿Por qué nos reímos de una cabellera que pasado del
negro al rubio? ¿De dónde procede lo cómico de una nariz
rubicunda? ¿Y por qué nos mueve a risa un negro?
Preguntas todas ellas difíciles a cual más, como lo
prueba el que psicólogos de la altura de Hecker,
Kraepelin y Lipps las hayan contestado de diferente
modo. Dudo si acaso no resolvió la cuestión cierto
cochero que, delante de mí, trató de mal lavado a un
cliente de color que llevaba en su coche. ¿Mal lavado!
Un rostro negro sería, pues, para nuestra imaginación un
rostro embadurnado de tinta o de negro humo. Y por
consiguiente, una nariz roja no puede ser sino una nariz
sobre la que se ha plantado una capa de bermellón. Ved
por dónde el disfraz ha transmitido algo de su virtud
cómica a casos en que ya no hay disfraz, pero pudiera
haberlo. Así como el traje habitual, tan distinto de la
persona, llega a parecernos que forma con ella un cuerpo
solo, porque estamos habituados a verla con él. Ahora,
aunque la coloración negra o roja sea inherente a la
piel, nosotros, como nos sorprende, la tomamos por
artificial.
De ahí se deriva toda una serie de dificultades para la
teoría de lo cómico. Una proposición como ésta: "Mi
traje habitual forma parte de mi cuerpo", es absurda a
los ojos de la razón. Sin embargo, la imaginación la
acepta como verdadera. "Una nariz roja es una nariz
pintada", "un negro es un blanco disfrazado": estos
juicios, no obstante ser absurdos para la imaginación
que razona, son verdades certísimas para la simple
imaginación. Hay, pues, una lógica de la imaginación,
que no es la lógica de la razón, que hasta suele estar
en pugna con ella, y con la cual será menester que
cuente la filosofía, no sólo en el estudio de lo cómico,
sino en todas las investigaciones de este orden. Es algo
así como la lógica del sueño, pero de un sueño no
abandonado al capricho de la fantasía individual, sino
soñado por la sociedad entera. Para reconstruir esa
lógica, sería menester un esfuerzo particularísimo, que
levantase la corteza de juicios bien amasados y de ideas
bien sentadas, a fin de poder advertir, manando en el
fondo de uno mismo a manera de raudal subterráneo, una
fluida continuidad de imágenes perfectamente enlazadas,
penetrando las unas en las otras. Esta interpretación de
las imágenes no se opera al acaso. Obedece a leyes, o
más bien a hábitos, que son a la imaginación lo que la
lógica es al pensamiento.
Sigamos, pues, esa lógica de la imaginación en el caso
que nos ocupa. Un hombre que se disfraza es una figura
cómica. También lo es un hombre que parece haberse
disfrazado. Por extensión, será cómico todo disfraz, no
sólo del hombre, sino también de la sociedad y hasta de
la misma Naturaleza.
Empecemos por la Naturaleza. Reímos de un perro
esquilado a medias, de un parterre cuyas flores son de
un color artificial, de un bosque cuyos árboles se
hallan tapizados de carteles electorales, etc. Buscad la
razón y veréis cómo se piensa siempre en una mascarada.
Pero lo cómico está aquí muy atenuado, demasiado lejos
de su manantial. ¿Se le quiere dar un relieve mayor?
Preciso será que nos remontemos a la fuente misma, que
aproximemos la imagen derivada, la de una mascarada, a
la imagen primitiva, que era, como hemos visto, la de un
amaño mecánico de la vida. Una Naturaleza arreglada
mecánicamente, he ahí una motivo francamente cómico,
sobre el cual podrá levantar la fantasía sus
combinaciones con la certeza de obtener un gran éxito de
risa. Recuérdese el tan divertido pasaje de Tartarín en
los Alpes, donde Bompard hace tragar a Tartarín (y algo
también, por consiguiente, al lector) la idea de una
Suiza montada con máquinas como el escenario de la
Ópera, explotada por glaciares y barrancos ficticios.
Este mismo motivo aparece también, pero transpuesto en
un tono muy distinto, en las Novel Notes del humorista
inglés Jerome K. Jerome. La anciana dueña de un castillo
pretende que el hacer buenas obras no le cause mucha
molestia y manda instalar cerca de su morada a unos
ateos a quienes convertirá y que han sido fabricados
expresamente para ella, gentes honradas que se hacen
pasar por borrachos, a fin de que ella pueda curarles de
su vicio, etc. Hay palabras cómicas en las cuales se
encuentra este motivo en el estado de resonancia lejana,
mezclado a una ingenuidad afectada o sincera que sirve
de acompañamiento. Ejemplo de ello es la frase de cierta
dama que, invitada por el astrónomo Cassini a ver un
eclipse de luna, y habiendo llegado con retraso, le
dijo: M. De Cassini tendrá la amabilidad de volver a
empezar para que yo lo vea". O si no esta exclamación de
un personaje de Gondinet que al llegar a una población y
enterarse de que en los alrededores hay un volcán
extinguido, exclama: "¡Tenían un volcán y lo han dejado
apagarse!".
Pasemos a la sociedad. Viviendo en ella y viviendo de
ella, no podemos menos de tratarla como a un ser vivo.
Será, pues, ridícula toda imagen que nos sugiera la idea
de una sociedad que se disfraza, y por decirlo así, de
mascarada social. Ahora bien; esta idea apunta ya desde
el momento en que advertimos algo inerte, algo hecho,
algo añadido en la superficie de la sociedad viva. Es
algo de rigidez que se halla en pugna con la
flexibilidad interna de la vida. El lado ceremonioso de
la vida social encerrará siempre un cómico latente que
no esperará más que una ocasión para manifestarse a
plena luz. Podría decirse que las ceremonias son al
cuerpo social lo que el traje al cuerpo del individuo:
deben su gravedad a la circunstancia de que nuestra
imaginación las identifica con el objeto a que las
aplica en uso, y pierden esa gravedad desde el momento
en que de él las aísla nuestra imaginación. Así, pues,
no se necesita más, para que una ceremonia resulte
cómica, sino que nuestra atención se reconcentre sobre
lo que tiene de ceremoniosa, que nos olvidemos de su
materia, como dicen los filósofos, para no pensar más
que en la forma. No hace falta insistir sobre este
punto. Nadie ignora cuánto se prestan al humor cómico
todos los actos sociales de una forma definida, desde
una simple distribución de premios hasta una sesión de
tribunal. Cuantas más sean las formas y las fórmulas,
otros tantos marcos tendremos ya hechos para encajar
allí lo cómico.
Pero aquí también se podrá recargar lo cómico
aproximándolo a su fuente. De la idea de disfraz, que es
derivada, será menester remontarse entonces a la idea
primitiva, la de un mecanismo superpuesto a la vida. La
forma acompasada de todo ceremonial nos sugiere ya de
por sí una imagen de esa índole. No bien olvidamos el
grave objeto de una solemnidad o de una ceremonia, los
que en ella toman parte nos dan la impresión de
fantoches que se mueven. Su movilidad se ajusta a la
inmovilidad de una fórmula. Tenemos un puro automatismo.
Pero el automatismo perfecto será , por ejemplo, el de
un funcionario que funciona como una simple máquina, o
también la inconsciencia de un reglamento administrativo
que se aplica con fatalidad inexorable, tomándose por
una ley de la naturaleza. Hace unos años naufragó en los
alrededores de Dieppe un gran paquebote. Algunos
pasajeros lograron salvarse en una embarcación después
de muchos trabajos. Unos aduaneros que habían acudido
valerosamente a socorrerles, empezaron por preguntarles
"si no tenían algo que declarar". Algo análogo se
encuentra, aunque la idea sea más sutil, en el ministro
al día siguiente de un resonante crimen cometido en un
tren: "El asesino, después de haber rematado a su
víctima, debió apearse a contraía, violando los
reglamentos administrativos."
Un mecanismo incrustado en la naturaleza, una
reglamentación automática de la sociedad, he ahí en suma
los dos tipos de efectos cómicos que encontramos en
nuestras investigaciones. Sólo nos queda combinarlos y
ver qué resulta de ello.
El resultado de esa combinación será a todas luces la de
una reglamentación humana sustituyendo a las leyes
mismas de la naturaleza. Recuérdese la contestación de
Sganarelle a Geronte cuando éste le hace observar que el
corazón está del lado izquierdo y el hígado en el
derecho: "Sí, así era antes, pero ya hemos cambiado todo
eso y ahora practicamos la medicina por un método
nuevo." Y a la consulta de los dos médicos de M. De
Pourceaugnac: "El razonamiento que de esto habéis hecho
resulta tan docto y tan hermoso, que es imposible que el
enfermo no esté hipocondríaco, y si no lo estuviese,
sería menester que llegase a estarlo, en atención a las
cosas tan lindas que habéis dicho y a la exactitud del
razonamiento que habéis hecho." Podríamos multiplicar
los ejemplos, sin más que hacer desfilar ante nosotros a
todos los médicos de Molière. Aparte de que por lejos
que parezca ir aquí a la fantasía cómica ,la realidad se
encarga a veces de sobrepujarla. Un filósofo
contemporáneo, argumentador impertinente, al cual se le
hacía ver que sus razonamientos, irreprochablemente
deducidos, tenían en contra suya la experiencia, puso
fin a la discusión con esta simple frase: "La
experiencia yerra"; y es que la idea de reglamentar
administrativamente la vida se halla más extendida de lo
que parece, y es natural a su modo, aunque para llegar a
ella hayamos tenido que emplear un procedimiento
artificial de recomposición. Podríamos decir que en ella
se contiene la quintaesencia del pedantismo, que no es
otra cosa en el fondo que el arte aspirando a imponerse
a la naturaleza.
En resumen: el mismo efecto va haciéndose cada vez más
sutil, empezando por la idea de una mecanización
artificial del cuerpo humano, si cabe la expresión,
hasta parar en la de una sustitución cualquiera de lo
natural por lo artificioso. Una lógica cada vez menos
ceñida, cada vez más semejante a la lógica de los
sueños, transporta la misma relación a esferas cada vez
más elevadas, entre términos más inmateriales cada vez,
pues todo reglamento administrativo concluye por ser,
respecto a una ley material o moral, lo que es, por
ejemplo, con respecto al cuerpo que vive, un traje hecho
de antemano. De las tres direcciones que debíamos tomar,
sólo hemos seguido hasta el fin la primera. Pasemos a la
segunda y veamos adónde nos conduce.
II.- Lo mecánico insertado en lo vivo será también ahora
nuestro punto de partida. ¿de dónde se derivaba lo
cómico? De que el cuerpo vivo tomaba la rigidez de una
máquina. Nos imaginábamos al cuerpo vivo como la
flexibilidad perfecta, como la actividad siempre
despierta de un principio en constante elaboración. Pero
esta actividad debía ser más propia al alma que al
cuerpo. Debía ser la llama misma de la vida, encendida
en nosotros por un principio superior y vislumbrada a
través del cuerpo por un efecto de transparencia. Cuando
no vemos en el cuerpo vivo más que gracia y
flexibilidad, es que olvidamos cuanto hay en él de
pesado, de resistente, de material; en suma,
prescindimos de su materialidad para pensar tan sólo en
su vitalidad, que atribuye nuestra imaginación al
principio mismo de la vida intelectual y moral. Pero
supongamos que algo llama nuestra atención sobre esta
materialidad del cuerpo. Supongamos que en ves de
participar de la ligereza del principio que lo anima, no
sea ya el cuerpo a nuestros ojos sino una pesada y
molesta envoltura, lastre importuno que retiene en la
tierra a un alma impaciente por dejar este suelo. El
cuerpo entonces será, para esta alma, lo que el traje
era hace un instante para el cuerpo mismo, una materia
inerte colocada sobre una energía viva. Y en cuanto
tengamos un claro sentido de esta superposición, no
tardará en producirse la impresión de lo cómico.
Ocurrirá así en cuanto el alma se nos muestre perseguida
por las necesidades del cuerpo; a un lado de la
personalidad moral con su inteligente variedad de
energías, a otro el cuerpo con su monotonía estúpida,
interrumpiéndolo todo a cada paso con la terquedad de
máquina. Cuanto más mezquinas sean estas exigencias
corporales y se repitan con mayor uniformidad, tanto más
saliente será el efecto cómico. Pero esto no supone más
que una cuestión de gradaciones. La ley general de estos
fenómenos podríamos formularla en estos términos: es
cómico todo incidente que atrae nuestra atención sobre
la parte física de una persona cuando nos ocupábamos de
su aspecto moral.
¿Por qué mueve a risa un orador que estornuda en el
momento más patético de su discurso? ¿De dónde proviene
lo cómico de esta frase de una oración fúnebre que cita
un filósofo alemán: "El finado era virtuoso y rollizo"?
Únicamente de un brusco tránsito de nuestra atención del
alma al cuerpo. En la vida diaria abundan los ejemplos
de esta clase. Pero si queremos ahorrarnos la molestia
de andarlos buscando, bastará con abrir al azar un
volumen de Labiche. Seguramente daremos al punto con un
efecto de esta índole. Ya será un orador cuyos más
hermosos párrafos viene a cortar bruscamente un dolor de
muelas; ya un personaje que no toma nunca la palabra sin
interrumpir su peroración para quejarse de que lo
aprieta el calzado o le viene el traje estrecho, etc.
Una persona a la que su cuerpo le estorba: he ahí la
imagen que estos ejemplos nos refiere. Si un excesivo
abdomen es ridículo, lo es sin duda por evocar una
imagen de esta índole. Y creo también que por la misma
razón resulta a veces algo ridícula la timidez. El
tímido podría dar la impresión de una persona a la que
le estorba el cuerpo y busca a su alrededor un sitio
donde depositarlo.
Por eso el poeta trágico procura evitar cuanto pudiera
atraer nuestra atención sobre la materialidad de sus
héroes. Tan pronto como interviene la preocupación del
cuerpo, es de temer una infiltración cómica. He ahí por
qué los héroes de tragedia no beben ni comen, ni se
calientan a la lumbre. Y hasta rehuyen sentarse.
Sentarse a la mitad de una tirada de versos equivaldría
a recordar que se tiene cuerpo. Napoleón, que era
psicólogo a ratos, había observado que por el solo hecho
de sentarse se pasa de la tragedia a la comedia. He aquí
lo que dice a este propósito en el Diario Inédito del
barón Gourgaud. Se trata de una entrevista con la reina
de Prusia, después de Jena: "Ella, como Jimena, me
acogió con trágicos acentos. '¡Señor, justicia!,
¡justicia!, ¡Magdeburgo!' Y continuó así, en un tono que
me desconcertaba. Por último, para hacerle cambiar de
estilo, le rogué que se sentase. No hay cosa mejor para
cortar una escena trágica; cuando se está sentado todo
degenera en comedia".
Ampliemos ahora esta imagen del cuerpo adelantándose al
alma, y obtendremos algo más general, la forma
predominando sobre el fondo, la letra buscando litigio
al espíritu. ¿No será esta idea la que la comedia trata
de sugerirnos al poner en ridículo una profesión? Hace
hablar al abogado, el juez y al médico, como si nada
significasen la salud ni la justicia, como si fuese
esencial que no faltasen médicos y jueces y abogados, y
se respetaran escrupulosamente las formas exteriores de
su profesión. De este modo la forma la forma va
suplantando al fin al fondo, y ya no es la profesión la
que está hecha para el público, sino éste para la
profesión. El cuidado constante de la forma, la
explicación maquinal de las reglas, crean una especie de
automatismo profesional comparable al que imponen al
alma las costumbres el cuerpo, e igualmente ridículo que
aquél. El teatro abunda en ejemplos de esta clase. Sin
entrar ene l detalle de las variaciones ejecutadas sobre
este tema, citaremos dos o tres textos en que
aparecedefinido en toda sencillez: "No estamos obligados
a tratar a las gentes más que con arreglo a las formas",
dice Diafoirus en el Enfermo Imaginario. Y Bahis, en el
Amor Médico: "Más vale morir según las formas que
salvarse con menoscabo de ellas". "Hay que guardar
siempre las formas, ocurra lo que ocurra", decía ya
Desfonandrés en la misma comedia. Y su colega Tomés lo
razonaba así: "Un hombre muerto, no es más que un hombre
muerto, pero el olvido de una solo formalidad acarrea
notable daño a toda la corporación de médicos". La frase
de Brid'oison, aunque de intención algo distinta, no es
menos significativa que las anteriores: "La forma, vea
usted, la forma. Hay quien ríese de un juez en traje
corto y tiembla a la vista de un procurador con toga. La
forma, la forma". Pero aquí se presenta la primera
aplicación de una ley que irá siendo cada vez más clara
a medida que avancemos en nuestro trabajo. Cuando el
músico da una nota en un instrumento, se producen por sí
mismas otras menores que la primera, a la cual se ligan
mediante ciertas relaciones definidas, y que
sumándosele, le comunican su timbre. Son, como se dice
en física, las armónicas del sonido fundamental. Creo
que la fantasía cómica, hasta en sus invenciones más
extravagantes, obedece a una ley análoga. Consideremos,
por ejemplo, lo cómico de que la forma quiera prevalecer
sobre el fondo. Si son exactos nuestros análisis, su
armónica deberá ser que el cuerpo tome la delantera al
espíritu. Así, pues, cuando el poeta cómico haya dado la
primera nota, sumará a ella instintiva e
involuntariamente la segunda. En otros términos,
duplicará el ridículo profesional con algún ridículo
físico.
Cuando el juez Brid'oison se presenta en escena
tartamudeando, ¿no nos prepara por su mismo tartamudeo
para comprender el fenómeno de cristalización
intelectual que nos va a mostrar? ¿Qué parentesco moral
es el que une este defecto físico a esa estrechez moral?
Lo ignoramos, pero advertimos que la relación existe,
por más que no podamos expresarla. Acaso era menester
que esta máquina de juzgar se presentase al mismo tiempo
como na máquina de la palabra. Pero sea lo que quiera,
ninguna otra armonía hubiera podido completar mejor el
sonido fundamental.
Molière nos presenta los dos ridículos doctores del Amor
Médico, Bahis y Macroton, haciendo hablar al uno muy
lentamente , como si fuera contando una por una las
palabras de su discurso, mientras el otro rezonga por lo
bajo. Idéntico contraste observamos entre los dos
abogados de M. De Pourceaugnac. En el ritmo de la
palabra reside casi siempre la singularidad física
destinada a completar el ridículo profesional. Y aunque
el autor no haya indicado un defecto de esta índole, es
muy raro que el actor no lo emplee instintivamente para
recargar la fuerza cómica del personaje.
Existe, pues, un parentesco natural, y generalmente
reconocido, entre estas dos imágenes, que han sido
motivo de aproximación: el espíritu inmovilizándose en
ciertas formas, el cuerpo anquilosándose en virtud de
ciertos defectos. Si nuestra atención se aparta del
fondo para aplicarse a la forma, o si de la moral va a
lo físico, la impresión transmitida a nuestra
imaginación será la misma en ambos casos; en ambos se
producirá el mismo género de cómico. Hemos querido
seguir fielmente una dirección natural del movimiento
imaginativo. Esta dirección es la segunda que se nos
ofrecía a partir de la imagen central. Aún nos queda una
tercera, y ésa es la que vamos a estudiar ahora.
III.- Volvamos por última vez a nuestra imagen central
de lo mecánico calcado sobre lo vivo. El ser vivo de que
se trata es un ser humano, una persona. En cambio el
aparato mecánico es una cosa. Lo que movía, pues, la
risa era la transfiguración momentánea de una persona en
una cosa. Pasemos de la idea precisa de máquina a
aquella otra más confusa de cosa en general, y tendremos
una nueva serie de imágenes ridículas que se obtendrán
esfumando los entornos de las primeras y que nos
llevarán a formular esta nueva ley: "Nos reímos siempre
que una persona nos da la impresión de una cosa",
Nos hace reír Sancho Panza manteado como una pelota. Nos
hace reír el barón de Münchausen, convertido en bala de
cañón y volando por los aires. Pero acaso encontraríamos
una confirmación más precisa de esta ley en algunos de
esos ejercicios que vemos ejecutar a los clowns. Para
ello habría que prescindir de los chistes con que el
clown borda su obra principal y no fijarse más en su
tema, es decir, en las actitudes, saltos y movimientos
diversos que constituyen lo verdaderamente clownesco en
el arte del clown. Sólo dos veces he logrado observar
este género de cómico en su estado de pureza, y en ambos
casos he sacado idéntica impresión. La primera vez, los
clowns iban y venían, se tropezaban, caían y rebotaban
con arreglo a un ritmo uniformemente acelerado, con la
ridícula preocupación de producir un crescendo. La
atención del público se iba concentrando más cada vez en
aquel extraño rebote. Poco a poco, el espectador acababa
por olvidar que tenía delante hombres de carne y hueso
como él, y pensaba que eran como unos fardos que
chocasen entre sí. Después la visión se precisaba.
Parecían redondearse las formas y que los cuerpos se
enrollaban y encogían como una pelota. Aparecía pues, la
imagen que constituía indudablemente la finalidad de
toda esta tramoya: unas pelotas de caucho, lanzadas unas
contra otras en todos sentidos. La segunda escena no fue
menos instructiva. Presentáronse dos personajes con una
cabezota enorme y el cráneo completamente pelado. Venían
armados de grandes bastones, y cada uno,
alternativamente, golpeaba con el garrote la cabeza de
su contrario. Aquí se observaba también una gradación. A
cada golpe, los cuerpos parecían llenarse de pesadez,
congelarse, poseídos de una rigidez creciente. La
réplica llegaba más retrasada siempre, pero al mismo
tiemppo m´sa pesada y ruidosa. En el silencio de la sala
retumbaban los cráneos con un estrépito formidable. Por
último, completamente rígidos, tiesos como dos I,
inclináronse lentamente uno hacia otro, cayeron por
última vez los bastones, golpeando las cabezas con el
mismo ruido con que dos martillos enormes golpearían
contra unas vigas, y todo se vino al suelo. Entonces
pudo apreciarse claramente la sugestión que ambos
artistas habían ido ejerciendo por grados en la
imaginación del público: "Nos vamos a transformar en
maniquíes de madera maciza."
Y he aquí que un oscuro instinto permite presentir, aun
a los espíritus incultos, algunos de los resultados más
sutiles de la ciencia psicológica. Es sabido que a un
hipnotizado por simple sugestión se le pueden sugerir
visiones alucinatorias. Con sólo decirle que un pájaro
se ha posado en su mano, ya le siente en ella, y hasta
le ve volar. Pero no siempre la sugestión encuentra
tanta docilidad por parte del sujeto. El magnetizador no
logra más de una vez sino hacerla penetrar poco a poco y
por una insinuación gradual. En este caso tiene que
tomar como punto de partida objetos realmente percibidos
por el sujeto y procurar que su percepción se haga cada
vez más confusa, para después sacar de esta confusión la
forma precisa del objeto que se ha propuesto como
término de la alucinación. Así ocurre en muchas
personas, que cuando van a conciliar el sueño ven masas
cromáticas, fluidas e informes, que ocupan el campo de
la visión y se van solidificando poco a poco hasta
formar imágenes de objetos distintos. El tránsito
gradual de lo confuso a lo determinado es el
procedimiento de sugestión por excelencia. Creo que
podríamos descubrirle en el fondo de muchas sugestiones
cómicas, sobre todo en aquéllas en que parece que se
realiza a nuestra vista la transformación de la persona
en una cosa. Pero hay otros procedimientos más
discretos, como son los que ponen en juego algunos
poetas y que van inconscientemente al mismo fin.
Mediante ciertas acompasadas disposiciones de rima y de
asonancia, logran mecer nuestra imaginación, llevándola
de lo mismo a lo mismo con un regular balanceo,
preparándola de este modo para recibir dócilmente la
visión sugerida. Escuchad estos versos de Regnard, y ved
si la imagen fugitiva no cruza el campo de vuestra
imaginación:
"... Debe también a muchos acreedores
mil y una obras, y además un óbolo,
por haberle fiado todo un año
ropa, coche, calzado, leña, guantes,
barbero, restaurant y hasta refrescos."
Algo semejante encontraréis en estas palabras de Fígaro,
aunque en ellas se trate de sugerir la imagen de un
animal más bien que la de una cosa: "¿Qué clase de
hombre es ése? Es viejo, pequeñito, canoso, chupado,
cauteloso, afeitado, que acecha, espía y gruñe al mismo
tiempo".
Entre estas escenas tan toscas y estas sugestiones tan
sutiles, cabe toda una multitud innumerable de efectos
cómicos, tantos como pueden obtenerse al hablar de las
personas como si fuesen simples cosas. Voy a exponer uno
o dos ejemplos tomados del teatro de Labiche, donde
abundan. M. Perrichon, al montar en un departamento del
tren, mira y recuenta los bultos que forman su equipaje
para no olvidar ninguno: "Cuatro, cinco, seis, mi mujer
siete, mi hija ocho y yo nueve". Hay otra obra en que un
padre ensalza la ciencia que atesora su hija, y lo hace
en estos términos: "Es capaz de deciros, sin
equivocarse, todos los reyes de Francia que se han
desarrollado", sin convertir precisamente a los reyes en
simples cosas, los asimila a un hecho, a un suceso
importante.
Hagamos observar, a propósito de este último ejemplo,
que no es preciso llegar hasta la identificación de una
persona para que se produzca el efecto cómico. Basta con
entrar por este camino, afectando que se confunde la
persona con la función que ejerce. Citaré tan sólo estas
palabras de un alcalde de una novela de About: "El señor
prefecto que siempre ha tenido para nosotros igual
benevolencia, aunque lo hayan cambiado varias veces
desde 1846...".
Todas estas frases están cortadas por el mismo patrón; y
ya poseída su fórmula, podríamos propagarlas hasta el
infinito. Pero el arte del narrador y del vodevilista no
consiste simplemente en componer la frase. Lo difícil es
comunicarle su fuerza sugestiva, es decir, hacerla
verosímil. Porque sólo la aceptamos cuando nos parece
que se deriva de un estado de alma o que se acomoda a la
realidad. Sabemos en el primer ejemplo citado, que M.
Perrichon está muy conmovido en el momento de emprender
su primer viaje. La expresión del segundo ejemplo
relativa a los reyes hace pensar en las muchas veces que
la hija habrá repetido sus lecciones delante de su padre
y nos recuerda una recitación. Y por último, la
admiración de aquel alcalde hacia la máquina
administrativa, podría llevarnos hasta creer que nada ha
cambiado en el prefecto y que la función se ejerce con
independencia del funcionario.
Henos aquí bien lejos de la causa primera de la risa.
Esta forma cómica, que es inexplicable por sí misma,
sólo se comprende por su semejanza con otra que nos hace
reír a causa de su parentesco con una tercera y así
sucesivamente. Resulta, pues, que el análisis
psicológico, por ilustrado y perspicaz que sea, habrá de
extraviarse necesariamente si abandona el hilo que ha
guiado a la impresión cómica de un extremo al otro de la
serie. ¿De dónde procede esta continuidad? ¿Qué presión,
qué extraño impulso lleva a lo cómico a deslizarse de
una en otra imagen, cada vez más lejos del punto de
partida, hasta que se fracciona y se pierde en analogías
infinitamente remotas? ¿Y cuál es la fuerza que divide y
subdivide las ramas y las raíces de esa árbol tan
corpulento? Una ley ineludible obliga a toda energía a
que recorra el mayor espacio posible en la breve
cantidad de tiempo que le está signada. Ahora bien; la
fantasía cómica es una verdadera energía viva, es una
planta singular que ha brotado vigorosamente sobre las
partes rocosas del suelo social, esperando que la
cultura le permita rivalizar con las obras más refinadas
del arte. |